jueves, 21 de agosto de 2014

The Witches of Hedwig Pauwels, 2003

¿Qué es un ex libris?
El exlibris, con minúsculas y conformando una sola palabra, ya que es un sustantivo, aunque también se aceptan los vocablos ex libris y ex-libris latinizados, puede considerarse, en un sentido amplio, cualquier marca de propiedad de la más variada naturaleza inserta en un libro.

Esta seña de propiedad puede ser de varias clases: desde la rúbrica pueril y manuscrita del adolescente que marca, orgulloso, sus primeros libros, pasando por el sello seco o de tinta, tan común en las bibliotecas más o menos públicas- en muchos casos, utilizados hasta la saciedad, e incluso, en grabados y páginas miniadas de alto valor económico y artístico- hasta los escudos heráldicos que los nobles de antaño se hacían grabar a fuego y oro en las lujosas encuadernaciones de piel que vestían los libros de sus bibliotecas. Estos últimos son también conocidos como super-libris.



Aunque todos ellos son, en sentido estricto, exlibris, de lo que trataremos aquí son de las estampillas ejecutadas por cualquier medio de reproducción, ya sea una de las múltiples formas de grabado seriado (xilografía, calcografía, serigrafía, litografía) offset o la vulgar fotocopia, que, con la debida identificación de la biblioteca o del propietario de los libros se pegan, normalmente, en la portada primera de los ejemplares con el fin, primitivo, de identificarlos y con el más sofisticado y moderno de embellecerlos y convertirlos en objetos únicos.



Los exlibris que actualmente se producen en todo el mundo occidental se realizan casi en exclusividad con una marcada intención artística y van día a día transformándose en un arte con un elevado acento alegórico, en tanto en cuanto, cada vez más se le exige al artista que haga referencia a la personalidad del propietario de los libros con símbolos que ayuden o escondan (en algunos casos) esos rasgos propios.

Se habla de la desaparición del libro en el formato que actualmente conocemos, del agotamiento del arte, de crisis de las ideas, de incapacidad para la expresión... se augura un mal pronóstico para todo lo que se refiere a la expresión del alma humana. Sin embargo, ahora, más que nunca, artistas de toda índole se internan en terrenos nuevos, y no tan nuevos, para explorar en mundos desconocidos que posibiliten, de alguna u otra manera, la expresión artística. Esto es válido para el reducido marco del exlibris.



Actualmente, retomando o continuando el trabajo ya realizado (la tradición, en definitiva), algunos artistas, en concreto, se atreven a llevar sus creaciones un punto más allá. Si hasta ahora, los exlibris que se hacían se reproducían mediante las técnicas nobles y convencionales y los temas se reducían a una visión idílica o estilizada de la naturaleza, la humanidad y sus manifestaciones, los oficios y aficiones del propietario del exlibris... en la actualidad, los creadores contemporáneos no dudan en plasmar un mundo menos amable (imbuidos, quizá, de los planteamientos del psicoanálisis y del acoso de la sociedad alienada actual) en el que las visiones oníricas (llegando, incluso, a imágenes de pesadillas) conforman el centro de su obra artística. Son exlibris que beben directamente de la estética surrealista pero con un trasfondo mucho más pesimista en lo que a la concepción y creencia en la salvación de la humanidad se refiere. Esta forma de hacer arte y de identificarse de una manera tan personal como requiere un exlibris, era impensable en los albores del siglo XX

Por otro lado, las nuevas técnicas (collages, imágenes procesadas por ordenar...) y la influencia de las vanguardias históricas también han influido, como es de suponer ya que estamos hablando de una forma de hacer arte, en la realización y composición de los exlibris... desde imágenes abstractas hasta los planos desestructurados pasando por la figuración mutilada o desproporcionada de la naturaleza se plasman en los exlibris contemporáneos.



No es hasta la creación de la imprenta de tipos móviles, cuando el libro sale de la reclusión de los monasterios y de las bibliotecas reales y nobiliarias para dejar de convertirse en un objeto de lujo y hacerse más asequible a un segmento más amplio de la población, extremo conocido por todos y que no necesita más comentarios.

A modo de exlibris, se opta en una primera época, por marcar los cantos de los incunables a fuego para que no hubiera ninguna duda sobre quien era su propietario, aunque pronto se abandonó esta costumbre para dar paso al exlibris propiamente dicho, tal como lo conocemos y ha llegado hasta nuestros días.



Este nacimiento solo podía ocurrir en Alemania, cuna de la imprenta y con un volumen de libros impresos mucho mayor que en otras partes de Europa. Es aquí donde se dieron las mejores muestras de este arte, porque donde hay mayor cantidad, puede haber más variedad, y, por tanto, mayor calidad.

Durante los siglos XV y XVI trabajaron por estas tierras germanas artistas de la talla de Durero, Cranach, Holbein... que, sobre todo el primero de ellos, en una auténtica revolución estilística y técnica, elevaron el grabado y el arte del exlibris a un refinamiento difícilmente superable en otras zonas de Europa. Estas primeras marcas se encuadran en el tipo “arcaico” o heráldico; en exclusividad eran blasones o escudos nobiliarios o de dignidad eclesiástica con la única finalidad de hacer ostentación de rango y posición social por parte de los propietarios.



Con más o menos altibajos en la calidad y en la cantidad de la producción fue lo que se vino haciendo hasta el siglo XIX, época en la que , todo hay que decirlo, con la ascensión al poder de la burguesía urbana e industrial, el abaratamiento de los costes de producción del libro –conllevando un tiraje nunca visto hasta entonces- el intento de democratización de la cultura, etc. hacen que las bibliotecas pasen a ser patrimonio exclusivo de los más pudientes a convertirse en un bien al alcance de un sector más amplio de la población.

Es la época en la que se crean también las bibliotecas públicas abiertas a todos (bibliotecas sin cartas de recomendación). A mayor número de libros y posibles compradores, mayor número de bibliófilos, elevándose, a su vez, el porcentaje de éstos que desean tener su propio exlibris.



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